sábado, 12 de enero de 2008

Una especie bastante extraña

Al parecer se van multiplicando los aparatos que son capaces de interceptar las ondas que hacen funcionar los móviles. Realmente, el móvil se ha convertido en un apéndice del cuerpo humano.
Disponemos de muchos instrumentos tecnológicos que, cuando salimos, se quedan en casa. El móvil, no. El apéndice móvil es como el apéndice nasal, siempre va con nosotros.

Como nuestras orejas, como nuestra voz. Ahora se está imponiendo el criterio de que el móvil no debe estar disponible de forma permanente. Hay que evitar que su musiquilla suene cuando un médico pase consulta, cuando un cantante esté en el punto más emotivo de la melodía, cuando una escena de película se encuentre en el punto máximo de suspense.

Para evitar estas situaciones se ha inventado un sistema para interferir la actividad de los móviles en los lugares donde podemos molestar. Me parece coherente. La historia humana está llena de ejemplos de esta reacción: inventamos un objeto útil y al cabo de poco tiempo tenemos que inventar algún recurso que lo inutilice.

Por poner un caso: las minas antipersonas. Hemos dedicado mucho dinero a inventar esta barbaridad, y llega el momento en el que tenemos que dedicar todavía más dinero en inventar a los detectores de las minas antipersonas porque su función --explotar-- sea paralizada.

Inventamos los utilísimos ordenadores, hoy indispensables en el mundo de la industria, la ciencia y la diversión, y entonces alguien se inventa los virus y, siguiendo la cadena, otros tienen que inventarse la forma de eliminar los virus.

El ejemplo de los coches es significativo. Después de inventar el carro, inventamos el automóvil, mucho más cómodo y, principalmente, mucho más rápido. Y en cuanto hemos inventado automóviles capaces de ir a 160 o 200 kilómetros por hora, inventamos la prohibición de ir a más de 80.

Seguimos fabricando armas destructivas y, al mismo tiempo, métodos para inutilizarlas; continuamos fabricando sistemas informáticos y sistemas adversos. Seguimos fabricando coches fabulosos, pero acabaremos haciéndolos ir a velocidad de tartana. Este fenómeno se manifiesta más intensamente con el progreso, pero ha existido siempre y en todos los ámbitos. Se nos concedió la posibilidad de pecar, e inmediatamente fue castigada, y para disimular la contradicción se inventó la penitencia y la absolución. Somos una especie bastante extraña.

Fuente: El periodico.com

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